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Este es un llamado a la rendición total, a la unidad real, y sobre todo, a volver a tener comunión con el Espíritu Santo. Una vida sin oración es una vida sin visión.

Así como el criado de Eliseo, muchos viven paralizados por lo que ven. Pero Dios te está invitando a ver más allá. A abrir tus ojos espirituales. A vivir con la certeza de que, aunque el mundo se vea oscuro, el cielo está peleando por ti.

“Se avergonzarán y se turbarán mucho todos mis enemigos; Se volverán y serán avergonzados de repente. Jehová, no me reprendas en tu enojo, Ni me castigues con tu ira. Ten misericordia de mí, oh Jehová, porque estoy enfermo; Sáname, oh Jehová, porque mis huesos se estremecen. Mi alma también está muy turbada; Y tú, Jehová, ¿hasta cuándo? Vuélvete, oh Jehová, libra mi alma; Sálvame por tu misericordia. Porque en la muerte no hay memoria de ti; En el Seol, ¿quién te alabará? Me he consumido a fuerza de gemir; Todas las noches inundo de llanto mi lecho, Riego mi cama con mis lágrimas. Mis ojos están gastados de sufrir; Se han envejecido a causa de todos mis angustiadores. Apartaos de mí, todos los hacedores de iniquidad; Porque Jehová ha oído la voz de mi lloro. Jehová ha oído mi ruego; Ha recibido Jehová mi oración.”
Salmos 6:1-10
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Nuestra vida de oración atraviesa momentos de fragilidad. Se vuelve pálida, apagada, casi imperceptible. La rutina nos envuelve y nos arrastra hacia una repetición vacía y automática. Sin darnos cuenta, dejamos de orar con el corazón y comenzamos a hacerlo por costumbre. Es necesario reconocerlo con humildad: hay una crisis de oración.

La característica más impresionante del libro de salmos es su sinceridad. Encontramos palabras que expresan nuestros sentimientos, incluso los que preferimos que nadie conozca, especialmente Dios. La mayoría de las veces le presentamos a Dios una versión diluida de nuestros sentimientos porque no queremos que conozca la maldad que hay en nuestro corazón. Dios valora la honestidad y la transparencia.

Ser sinceros con Dios nos ayuda a dejar de enfocarnos en nosotros mismos y nuestra culpa y enfocarnos en Dios y su misericordia.

“Mientras callé, se envejecieron mis huesos En mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; Se volvió mi verdor en sequedades de verano. Selah Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado. Selah Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado; Ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán estas a él.”
Salmos 32:3-6
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El pecado no confesado no solo afecta el espíritu, desgasta el cuerpo, agobia la mente y acaba con tu vida. Es como una sequía en el alma.

Cuando David finalmente habló, cuando confesó sin filtros ni excusas, Dios respondió con perdón.

Este salmo no es solo testimonio de David, es un llamado para todos los que alguna vez hemos vivido bajo el peso del silencio y descubramos que Dios siempre está dispuesto a perdonar, restaurar y abrazar.

Hoy, si algo aprieta tu alma, no calles más. Habla, confiesa y ora. Porque la libertad comienza cuando dejas de huir y empiezas a abrir el corazón.

Muchos de nosotros, tristemente, vivimos una fe fingida. Decimos creer, pero no nos movemos en la verdad ni en el poder que viene de una vida rendida en oración.

Si no aprendes a vivir una vida de intimidad y comunión con el Espíritu Santo, no podrás comprender su mover ni formar parte de la visión, porque simplemente no la entenderás.

“Entonces envió el rey allá gente de a caballo, y carros, y un gran ejército, los cuales vinieron de noche, y sitiaron la ciudad. Y se levantó de mañana y salió el que servía al varón de Dios, y he aquí el ejército que tenía sitiada la ciudad, con gente de a caballo y carros. Entonces su criado le dijo: ¡Ah, señor mío! ¿qué haremos? Él le dijo: No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos. Y oró Eliseo, y dijo: Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea. Entonces Jehová abrió los ojos del criado, y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo.”
2 Reyes 6:14-17
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En esta historia vemos al rey de Siria desesperado por capturar a Eliseo, porque él revelaba cada movimiento al rey de Israel. La Biblia nos dice que enviaron un gran ejército para rodearlo. No eran unos cuantos soldados ¡Era un ejército entero! Y en nuestra lógica natural, dos personas contra un ejército no suenan precisamente a victoria.

Pero Eliseo no se turbó. Él vivía en completa confianza en el Señor, sabiendo que estaba rodeado por algo mucho más poderoso: un ejército celestial. Sin embargo, su criado, al ver sólo lo natural, se paralizó por el miedo. Estaba viendo el problema, pero no el plan de Dios. Eliseo lo notó, y en lugar de explicar o consolar, oró de manera simple pero poderosa: “Señor, abre sus ojos para que vea”.

El hecho de que no lo veas no significa que no esté ahí. Que no puedas percibirlo, no quiere decir que Dios no esté actuando.

Nuestras oraciones son pequeñas porque nuestras mentes lo son. Pedimos solo lo que alcanzamos a ver con nuestros ojos naturales. El criado de Eliseo pudo haber orado desde el miedo, desde lo que estaba viendo, pero lo que verdaderamente necesitaba era visión espiritual.

La razón por la que muchas veces no entendemos lo que Dios está haciendo es simple: nuestros ojos espirituales están cerrados. Estamos demasiado enfocados en el problema como para pedirle que nos muestre más allá.

Si no eres capaz de ver a Dios actuando a tu favor, el problema no es Su poder, es tu visión.

Nuestra visión se ha nublado con la rutina, con el miedo y con una oración sin vida. Quizá has estado orando sin ver nada, luchando sin sentir fuerzas y viviendo sin entender el propósito. Necesitas volver al lugar secreto, donde no hay máscaras, donde la oración nace desde la verdad, desde lo más roto pero también desde lo más sincero.

¡No fuiste creado para sobrevivir al entorno, sino para transformarlo!

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