¿Has escuchado que últimamente se habla de la adolescencia extendida? Es una idea relativamente nueva de la que se viene hablando respecto a estas generaciones. Básicamente es la tendencia actual a prolongar características y comportamientos asociados con la adolescencia hasta bien entrada la juventud/adultez de las personas. Y es el resultado de una falta de identidad, que es un rasgo muy marcado actualmente.
La identidad es la percepción que una persona tiene de sí misma incluyendo sus valores, características, creencias, roles sociales y sentido de pertenencia. Tiene que ver con quién eres y cómo te autopercibes, que tengas un sentido de pertenencia y es un rasgo que debes fortalecer para poder estar bien comprometido contigo mismo, con Dios, con lo que quieres alcanzar.
El rechazo, las redes sociales provocan una falta de identidad creando una falta de carácter e incertidumbre en las personas.

Faraón tenía su espíritu agitado, estaba perturbado por lo que había soñado. Hoy en día ¿está agitado tu espíritu? Cuando estés perturbado no busques respuestas en el mundo, busca a Dios y deja que Él te guíe. No te alejes del Señor.
Como hijo de Dios vas a recibir ataques contra tu identidad, de manera cotidiana, por tradiciones, por ignorancia, porque el mundo tratará de desviarte del camino que el Señor ha diseñado para ti. Alejarte de Él te empujará a seguir eso que el mundo propone, cuando menguas en tu identidad en Cristo las consecuencias pueden ser devastadoras.

Una identidad debilitada produce múltiples problemas:
1. División:
La falta de oración, obediencia, visión y objetivos claros puede generar divisiones profundas, tanto en las iglesias como en las relaciones personales. Cuando las personas no buscan la dirección de Dios, los puntos de vista opuestos se vuelven irreconciliables, dando lugar a conflictos y desuniones.
En la Biblia, encontramos ejemplos claros de las consecuencias de la desobediencia. En 1 Samuel 15:3,9, Dios le ordena a Saúl que destruya por completo a Amalec. Sin embargo, Saúl desobedece, permitiendo que parte del pueblo conserve lo que le pareció mejor. Esta falta de obediencia no solo desagradó a Dios, sino que también causó problemas y divisiones en el pueblo de Israel.
Para evitar estas divisiones, es fundamental mantener una relación constante con Dios a través de la oración, la obediencia y la búsqueda de su dirección.


2. Falta de confianza en sí mismo:
La inseguridad nace de un entorno donde no se fomenta la dirección divina. Cuando no confiamos en la guía de Dios, nos llenamos de dudas sobre quiénes somos y lo que podemos lograr.
La Biblia nos muestra que la obediencia a Dios trae seguridad y bendición. En Levítico 25:18-19, Dios promete estabilidad y provisión a quienes siguen sus mandamientos, asegurando paz y prosperidad en sus vidas. Por el contrario, el ejemplo de Saúl en 1 Samuel 15:15 ilustra los peligros de la desobediencia y la falta de confianza en Dios. En lugar de seguir las instrucciones divinas, Saúl intentó justificar su acción errónea, lo que finalmente lo llevó al fracaso y al rechazo de Dios.
Solo al rendirnos completamente a Dios y vivir en obediencia, experimentaremos la paz y la certeza de que estamos en el camino correcto. Nuestra confianza y seguridad no deben basarse en nuestras propias fuerzas, sino en la fidelidad y el amor eterno de Dios.

3. Sobreprotección y subdesarrollo:
La dependencia de líderes o figuras humanas, en lugar de Dios, puede detener nuestro crecimiento espiritual. Si confiamos más en las personas que en la dirección de Dios, corremos el riesgo de perder nuestra identidad en Cristo y desarrollar una fe frágil. La Biblia nos enseña que nuestra ayuda y socorro vienen del Señor, como lo declara Salmo 121:1-2.

4. Comportamientos aislados de autocorrección:
La falta de identidad en Dios puede llevarnos a un aislamiento peligroso, donde rechazamos consejo y guía, convencidos de que nuestras acciones son correctas. Este tipo de comportamiento no solo obstaculiza nuestro crecimiento espiritual, sino que también puede generar amargura y alejarnos de la voluntad de Dios.
Un claro ejemplo de esto se encuentra en 1 Samuel 15:7-11, donde Saúl, en lugar de obedecer completamente a Dios de destruir a Amalec, eligió actuar según su propio juicio. Como resultado, Dios se lamentó de haberlo puesto como rey, y Saúl perdió la bendición que había recibido. La desobediencia, incluso cuando es justificada con buenas intenciones, trae consecuencias graves y nos aleja de nuestro propósito.

5. Obstinación:
La obstinación nos lleva a rechazar otros puntos de vista, incluso cuando provienen de Dios. Cuando nos aferramos a nuestra propia opinión sin disposición para escuchar y discernir, caemos en el error de ignorar la verdad y alejarnos de la voluntad de Dios.
Un claro ejemplo de esto se encuentra en 1 Samuel 15:20, donde Saúl, en lugar de aceptar su error y someterse a la corrección de Dios, se justifica y defiende sus acciones. Su actitud revela el endurecimiento de su corazón que surge cuando no permitimos que la verdad de Dios gobierne nuestras vidas.

6. Sospecha y distanciamiento:
Cuando desconfiamos de quienes nos corrigen, creamos distanciamiento y separación en nuestras relaciones. En 1 Samuel 15:24-27, Saúl reconoce su pecado, pero lo hace por miedo a los hombres y no por un arrepentimiento genuino. Esta actitud no solo lo alejó de Samuel, sino que también debilitó su relación con Dios. La falta de una corrección sincera genera confusión y relaciones rotas, lo que nos lleva a repetir errores del pasado e impide nuestro crecimiento espiritual.
La falta de identidad nos frena como cristianos, alejándonos de nuestras metas y propósito en Dios. Colosenses 3:5 nos exhorta a “hacer morir lo terrenal” para enfocarnos en nuestra identidad celestial. Solo cuando obedecemos a Dios y vivimos conforme a su Palabra, encontramos dirección, seguridad y madurez en nuestra vida espiritual.
La clave está en dejar de lado el razonamiento humano y permitir que Dios sea nuestra guía. Como hijos de Dios, somos llamados a vivir conforme a su verdad, recordando que nuestra identidad no está en lo que el mundo dice, sino en lo que Dios declara sobre nosotros. Al confiar en Él, desarrollamos una vida fundamentada en la fe, sin temor a la corrección, y con una identidad firme en Cristo.