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La historia de Saúl y David, relatada en los libros de Samuel, presenta un profundo contraste entre dos personajes que enfrentaron la misma experiencia de rechazo pero respondieron de formas muy diferentes. A través de sus vidas, podemos observar cómo las emociones no tratadas, las heridas internas y la relación con Dios moldearon sus destinos.

Saúl, un hombre emocional y lleno de inseguridades, luchó con un profundo rechazo que influyó en sus decisiones y lo llevó a perder su reinado. Por otro lado, David, aunque también experimentó rechazo, eligió rendir sus emociones a Dios, permitiendo que estas pruebas lo formaran y lo prepararan para ser el rey conforme al corazón de Dios.

“Saúl respondió y dijo: ¿No soy yo hijo de Benjamín, de la más pequeña de las tribus de Israel? Y mi familia ¿no es la más pequeña de todas las familias de la tribu de Benjamín? ¿Por qué, pues, me has dicho cosa semejante?”
1 Samuel 9:21
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Podemos encontrar una semilla de todas estas características en el corazón de Saúl cuando conoce a Samuel:

  1. Era una persona muy emocional.
  2. Escondía su debilidad (rechazo) a través del orgullo. 
  3. Era auto conmiserativo, esto es un sentimiento de compasión por uno mismo, que puede manifestarse como una actitud de víctima. La autoconmiseración puede surgir del pesimismo y el egoísmo. Las personas que se autocompadecen pueden creer que todos son culpables de sus desdichas.
  4. Tenía baja autoestima y complejo de inferioridad. Es un patrón de pensamiento y comportamiento que se caracteriza por la baja autoestima y la sensación de insuficiencia en comparación con los demás. Algunas de sus características son: Sentirse inferior a los demás sin razones objetivas, Sentirse inseguro y vergonzoso de sí mismo, Autocrítica excesiva, Evitar socialmente a los demás, Necesidad de aprobación para sentirse valioso. 
  5. Era miedoso e inseguro.
“Entonces Samuel tomó a Saúl y a su criado, los introdujo a la sala, y les dio lugar a la cabecera de los convidados, que eran unos treinta hombres. Y dijo Samuel al cocinero: Trae acá la porción que te di, la cual te dije que guardases aparte. Entonces alzó el cocinero una espaldilla, con lo que estaba sobre ella, y la puso delante de Saúl. Y Samuel dijo: He aquí lo que estaba reservado; ponlo delante de ti y come, porque para esta ocasión se te guardó, cuando dije: Yo he convidado al pueblo. Y Saúl comió aquel día con Samuel.”
1 Samuel 9:22-24
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A pesar de las evidentes debilidades en el carácter de Saúl, Dios lo escogió para ser rey y en su infinita gracia, comenzó a trabajar en sus heridas emocionales. Este proceso inició a través del trato que Samuel le brindó, mostrándole que era valioso y especial a los ojos de Dios.

Samuel les otorgó un trato especial, honrándolos por encima de los demás invitados. Ordenó servir el mejor corte de carne, una porción reservada exclusivamente para el invitado de honor. Del mismo modo, cuando Dios te llama, Él ya ha preparado para ti el mejor lugar y la mejor porción, demostrando su amor y propósito especial para tu vida.

 

 

“Entonces el Espíritu de Jehová vendrá sobre ti con poder, y profetizarás con ellos, y serás mudado en otro hombre.”
1 Samuel 10:6
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“Aconteció luego, que al volver él la espalda para apartarse de Samuel, le mudó Dios su corazón; y todas estas señales acontecieron en aquel día.”
1 Samuel 10:9
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Para que Saúl pudiera desempeñar su papel como rey, era esencial que recibiera al Espíritu Santo y experimentara una transformación que lo convirtiera en una nueva persona. Sin embargo, este cambio espiritual no eliminó automáticamente las heridas emocionales que cargaba en su interior. Aunque Dios le equipó con su Espíritu para cumplir con su llamado, Saúl necesitaba rendir esas heridas y permitir que Dios trabajara en las áreas más profundas de su corazón. Esto nos recuerda que, aunque el Espíritu Santo nos capacita, también debemos enfrentarnos y sanar las emociones no resueltas que pueden influir en nuestras decisiones y nuestro propósito.

“Un tío de Saúl dijo a él y a su criado: ¿A dónde fuisteis? Y él respondió: A buscar las asnas; y como vimos que no aparecían, fuimos a Samuel. Dijo el tío de Saúl: Yo te ruego me declares qué os dijo Samuel. Y Saúl respondió a su tío: Nos declaró expresamente que las asnas habían sido halladas. Mas del asunto del reino, de que Samuel le había hablado, no le descubrió nada.”
1 Samuel 10:14-16
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Cuando Saúl se encuentra con su tío, le relata todo lo que hicieron junto a Samuel, pero omite mencionar lo que el profeta le dijo acerca de ser el nuevo rey. Este silencio revela una vez más el miedo al rechazo que habitaba en su corazón. Saúl temía cómo los demás podrían reaccionar ante su llamado, lo que lo llevó a ocultar una verdad tan significativa. Su inseguridad y la necesidad de aprobación le impedían aceptar plenamente el propósito que Dios había establecido para él.

“E hizo llegar la tribu de Benjamín por sus familias, y fue tomada la familia de Matri; y de ella fue tomado Saúl hijo de Cis. Y le buscaron, pero no fue hallado. Preguntaron, pues, otra vez a Jehová si aún no había venido allí aquel varón. Y respondió Jehová: He aquí que él está escondido entre el bagaje. Entonces corrieron y lo trajeron de allí; y puesto en medio del pueblo, desde los hombros arriba era más alto que todo el pueblo. Y Samuel dijo a todo el pueblo: ¿Habéis visto al que ha elegido Jehová, que no hay semejante a él en todo el pueblo? Entonces el pueblo clamó con alegría, diciendo: ¡Viva el rey!”
1 Samuel 10:21-24
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“Pero algunos perversos dijeron: ¿Cómo nos ha de salvar este? Y le tuvieron en poco, y no le trajeron presente; mas él disimuló.”
1 Samuel 10:27
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Saúl fue escogido como rey, pero al saber lo que estaba por suceder, no se presentó ante la ceremonia; en cambio, se escondió, reflejando su complejo de inferioridad y su incapacidad para verse a sí mismo como alguien digno de esa posición. A pesar de su temor y duda, Dios lo respaldó, y el pueblo lo recibió con alegría, proclamando: “¡Viva el rey!”. Sin embargo, no todos aceptaron su liderazgo, y en el versículo 27 se evidencia el rechazo de algunos, quienes despreciaron a Saúl. Entre la aceptación del pueblo y el rechazo de unos pocos, aprendemos cómo incluso en medio del llamado divino, las inseguridades y los desafíos externos pueden poner a prueba nuestra fe y confianza en el propósito de Dios.

“Y él esperó siete días, conforme al plazo que Samuel había dicho; pero Samuel no venía a Gilgal, y el pueblo se le desertaba. Entonces dijo Saúl: Traedme holocausto y ofrendas de paz. Y ofreció el holocausto. Y cuando él acababa de ofrecer el holocausto, he aquí Samuel que venía; y Saúl salió a recibirle, para saludarle. Entonces Samuel dijo: ¿Qué has hecho? Y Saúl respondió: Porque vi que el pueblo se me desertaba, y que tú no venías dentro del plazo señalado, y que los filisteos estaban reunidos en Micmas, me dije: Ahora descenderán los filisteos contra mí a Gilgal, y yo no he implorado el favor de Jehová. Me esforcé, pues, y ofrecí holocausto.”
1 Samuel 13:8-12
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“Entonces Saúl dijo a Jonatán: Declárame lo que has hecho. Y Jonatán se lo declaró y dijo: Ciertamente gusté un poco de miel con la punta de la vara que traía en mi mano; ¿y he de morir? Y Saúl respondió: Así me haga Dios y aun me añada, que sin duda morirás, Jonatán. Entonces el pueblo dijo a Saúl: ¿Ha de morir Jonatán, el que ha hecho esta grande salvación en Israel? No será así. Vive Jehová, que no ha de caer un cabello de su cabeza en tierra, pues que ha actuado hoy con Dios. Así el pueblo libró de morir a Jonatán.”
1 Samuel 14:43-45
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“Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños, y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos.
Y Saúl y el pueblo perdonaron a Agag, y a lo mejor de las ovejas y del ganado mayor, de los animales engordados, de los carneros y de todo lo bueno, y no lo quisieron destruir; mas todo lo que era vil y despreciable destruyeron.”
1 Samuel 15:3, 9
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A pesar de las debilidades en el carácter de Saúl, Dios le brindó oportunidades para enfrentarlas, mostrándole la verdad y rodeándolo de personas que le recordaban su valor. Sin embargo, Saúl se aferró a esas heridas y dejó que las semillas de inseguridad y rechazo crecieran en su corazón, influyendo gradualmente en sus decisiones y llevándolo a alejarse del propósito de Dios: 

  1. En 1 Samuel 13:8-12, encontramos a Saúl en medio de una guerra contra los filisteos, enfrentando una situación de gran presión. Samuel le había dado instrucciones claras de esperar siete días para que él ofreciera el sacrificio. Sin embargo, al ver que sus hombres huían y que Samuel no llegaba, Saúl, desesperado, tomó el asunto en sus manos y ofreció la ofrenda él mismo, desobedeciendo a Samuel. Este acto no solo reflejó su falta de fe en Dios, sino también su miedo e inseguridad, disfrazados de orgullo al asumir un papel que no le correspondía. En esencia, Saúl dijo: “Hice tu trabajo porque tú no lo hiciste bien al demorarte”. Su autosuficiencia y desobediencia tuvieron consecuencias graves.
  2. El patrón de desobediencia y orgullo de Saúl continúa en 1 Samuel 14:43-45, cuando, en su rigidez y necedad, decreta que cualquiera que coma durante la batalla sería condenado a muerte. Su propio hijo Jonatán, sin saber de esta orden, prueba un poco de miel. Al enterarse, Saúl intenta matarlo, pero el pueblo interviene y salva a Jonatán, demostrando que incluso sus propios soldados veían las fallas en el juicio de su rey.
  3. Posteriormente, en 1 Samuel 15:2, Dios le ordena a Saúl destruir por completo a los amalecitas, pero una vez más, Saúl desobedece. Conserva al rey Agag con vida y permite que su ejército tome lo mejor del ganado, justificando sus acciones como si fueran un sacrificio para Dios. Esta desobediencia no fue solo un acto de rebeldía, sino una demostración de que Saúl priorizaba su propia lógica y deseos sobre la obediencia a la voluntad divina.
“Y vino palabra de Jehová a Samuel, diciendo: Me pesa haber puesto por rey a Saúl, porque se ha vuelto de en pos de mí, y no ha cumplido mis palabras. Y se apesadumbró Samuel, y clamó a Jehová toda aquella noche.”
1 Samuel 15:10-11
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“Y dijo Samuel: Aunque eras pequeño en tus propios ojos, ¿no has sido hecho jefe de las tribus de Israel, y Jehová te ha ungido por rey sobre Israel?”
1 Samuel 15:17
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“Entonces Saúl dijo a Samuel: Yo he pecado; pues he quebrantado el mandamiento de Jehová y tus palabras, porque temí al pueblo y consentí a la voz de ellos. Perdona, pues, ahora mi pecado, Y Samuel respondió a Saúl: No volveré contigo; porque desechaste la palabra de Jehová, y Jehová te ha desechado para que no seas rey sobre Israel. y vuelve conmigo para que adore a Jehová.”
1 Samuel 15:24-26
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Dios finalmente rechazó a Saúl como rey debido a su incapacidad para lidiar con las heridas internas de rechazo que gobernaban su corazón. 

En 1 Samuel 15:17, Dios confronta a Saúl y expone claramente el problema de su corazón, mostrándole su defecto y la realidad de sus acciones. A pesar de esto, en los versículos 20 y 21, Saúl intenta justificar su desobediencia, demostrando su resistencia a asumir la responsabilidad de sus actos. En el versículo 22, se revela la clave: Dios valora la obediencia y la sumisión más que cualquier sacrificio externo.

En el versículo 24, vemos a Saúl implorar perdón, reconociendo que sus decisiones estaban impulsadas por su necesidad de aprobación de las personas. Incluso después de no obtener el perdón, en el versículo 30 se evidencia que lo único que realmente le importaba era mantener las apariencias y conservar la aprobación pública.

Saúl tenía todo a su favor: fue elegido por Dios, ungido como rey y respaldado en múltiples ocasiones para cumplir con su llamado. Sin embargo, lo perdió todo porque nunca rindió sus emociones de rechazo a Dios. La verdadera causa de su fracaso fue su corazón, que se aferró al orgullo y a la amargura en lugar de permitir que Dios sanara sus heridas.

“Y aconteció que cuando ellos vinieron, él vio a Eliab, y dijo: De cierto delante de Jehová está su ungido. Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.”
1 Samuel 16:6-7
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“Entonces dijo Samuel a Isaí: ¿Son estos todos tus hijos? Y él respondió: Queda aún el menor, que apacienta las ovejas. Y dijo Samuel a Isaí: Envía por él, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que él venga aquí. Envió, pues, por él, y le hizo entrar; y era rubio, hermoso de ojos, y de buen parecer. Entonces Jehová dijo: Levántate y úngelo, porque este es.”
1 Samuel 16:11-12
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“Y viniendo David a Saúl, estuvo delante de él; y él le amó mucho, y le hizo su paje de armas.”
1 Samuel 16:21
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Samuel, guiado por Dios, fue enviado a la casa de Isaí para ungir al próximo rey. Al ver a Eliab, Samuel asumió que su apariencia lo calificaba para el puesto, pero Dios le enseñó una lección poderosa: lo que realmente importa es el corazón, no la apariencia externa.

Entre los hijos de Isaí, David no estaba presente; su propia familia lo tenía en poco, reflejando un rechazo incluso por parte de su padre. Sin embargo, en el versículo 13, vemos cómo Samuel unge a David en medio de sus hermanos, y Dios, en su fidelidad, respalda y exalta a aquel que había sido menospreciado. Este acto marcó el comienzo del propósito divino en la vida de David. 

Saúl desarrolló un gran aprecio por David y lo convirtió en su escudero. Irónicamente, aquel que sería el próximo rey comenzó a servir al rey rechazado, mostrando la soberanía de Dios al preparar a David para su futuro reinado mientras moldeaba su carácter en el servicio y la humildad.

“Dijo Saúl a David: No podrás tú ir contra aquel filisteo, para pelear con él; porque tú eres muchacho, y él un hombre de guerra desde su juventud.”
1 Samuel 17:33
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Todo parecía estar bajo control hasta que apareció Goliat, un gigante filisteo que desafiaba y atemorizaba al ejército de Israel, sin que nadie se atreviera a enfrentarlo. Cuando David se enteró de esta situación, muchos lo rechazaron al verlo, considerando que no tenía la capacidad para enfrentarse a semejante adversario. Incluso Saúl se burló de él, menospreciando su habilidad.

Sin embargo, en medio del rechazo y las críticas, David demostró un corazón diferente al de Saúl. Su confianza no estaba en su fuerza ni en sus capacidades, sino en Dios. Este joven pastor, lleno de fe, sabía que no peleaba solo, sino respaldado por el poder y la fidelidad de Dios. David nos enseña que la verdadera valentía no proviene de lo que somos, sino de en quién confiamos.

“Y se enojó Saúl en gran manera, y le desagradó este dicho, y dijo: A David dieron diez miles, y a mí miles; no le falta más que el reino. Y desde aquel día Saúl no miró con buenos ojos a David.”
1 Samuel 18:8-9
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“Y arrojó Saúl la lanza, diciendo: Enclavaré a David a la pared. Pero David lo evadió dos veces.”
1 Samuel 18:11
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Tras derrotar a Goliat, David comenzó a destacar en todo lo que hacía, cumpliendo con éxito cada misión que Saúl le encomendaba. Sin embargo, este éxito despertó inseguridad en Saúl, especialmente cuando escuchó el canto del pueblo que celebraba más a David que a él. Esto avivó su envidia y competencia, ya que deseaba ser el mejor y no podía soportar que David fuera más reconocido. La envidia de Saúl creció, alimentada por el espíritu que lo atormentaba, y su objetivo se volvió eliminar a David. 

Desde una herida emocional no tratada, Saúl comenzó a ver a David como el culpable de su malestar, creyendo que al quitarlo de su camino resolvería su propia inseguridad. Sin embargo, este enfoque solo lo alejó más de la verdad y de su propósito, ya que no reconocía sus propios errores ni lidiaba con sus heridas internas. Este patrón de comportamiento demuestra que los problemas no residen en los demás, sino en las heridas no resueltas que cada uno lleva en su corazón.

“Y aconteció que cuando David acabó de decir estas palabras a Saúl, Saúl dijo: ¿No es esta la voz tuya, hijo mío David? Y alzó Saúl su voz y lloró, y dijo a David: Más justo eres tú que yo, que me has pagado con bien, habiéndote yo pagado con mal. Tú has mostrado hoy que has hecho conmigo bien; pues no me has dado muerte, habiéndome entregado Jehová en tu mano.”
1 Samuel 24:16-18
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David enfrentó el rechazo de Saúl, quien lo odiaba y lo perseguía a causa de su éxito y del favor que tenía de Dios y del pueblo. A pesar de ser tratado injustamente y perseguido sin motivo, David no permitió que la amargura invadiera su corazón ni buscó venganza contra Saúl. Incluso cuando tuvo la oportunidad de quitarle la vida, eligió respetarlo como el ungido de Dios, demostrando humildad y un profundo respeto por los planes divinos. David confió plenamente en que Dios lo respaldaría en el tiempo correcto.

Su historia refleja el camino de alguien que sufrió rechazo, pero lo enfrentó con paciencia, humildad y fe en Dios. Aunque el rechazo es doloroso, David nos enseñó que el verdadero carácter de una persona no se mide por cómo trata a sus amigos, sino por cómo responde a quienes lo rechazan o lo hieren. La espera en la vida de David tenía un propósito. Aunque fue ungido como rey, no asumió el trono de inmediato. En cambio, el rechazo y la persecución que enfrentó se convirtieron en herramientas que Dios usó para formar su carácter y prepararlo para liderar como el rey conforme a su corazón.

La diferencia entre Saúl y David, dos hombres que enfrentaron el rechazo, radica en su relación con Dios. Saúl nunca rindió sus emociones a Dios; en cambio, culpaba a los demás por el rechazo que sentía, dejando que su orgullo y amargura lo consumieran. Por otro lado, David, al tener una relación íntima con Dios, supo rendir sus emociones, incluso en los momentos más oscuros. Esto se refleja claramente en su pecado con Betsabé: aunque falló, su arrepentimiento fue genuino, demostrando su disposición a reconocer su error y buscar la restauración en Dios.

Esto nos lleva a una pregunta crucial: ¿Qué harás hoy? ¿Seguirás cargando con las heridas del pasado o decidirás rendir tus emociones a Dios? Rendir tus emociones significa entregarlas, reconocerlas y permitir que Dios las someta a un proceso de transformación.

Rendir no es reprimir. No se trata de ignorar o negar lo que sientes, sino de ser honesto contigo mismo y con Dios, llevando cada emoción a sus pies.

DE LA HERIDA AL PROPÓSITO
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