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¿Alguna vez has pensado en la relación que tienes con la Iglesia?

Nos preocupamos por nuestras relaciones: con Dios, con nuestra familia, con nuestra pareja, con nuestros hijos… pero, ¿y la Iglesia? A menudo la vemos como un lugar de reunión, un edificio al que acudimos los domingos. Pero la realidad es que la Iglesia es un cuerpo vivo, una familia espiritual donde cada uno tiene un propósito, un papel esencial. No somos espectadores, somos parte activa de algo mucho más grande

“un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos.”
Efesios 4:5-6
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Aunque seamos diferentes, hay algo que nos une: un Señor, una fe, un bautismo y un Dios y Padre.

Lo que destruye la unidad no son nuestras diferencias, sino actitudes como el orgullo, el egoísmo y la falta de comunión con Dios. La Iglesia no es perfecta, pero es el lugar donde Dios te está formando.

Es un lugar donde todos estamos en proceso de transformación por la gracia de Dios. En lugar de alejarte de la Iglesia, recuerda que aquí es donde Dios quiere sanarte, restaurarte y hacerte crecer en comunión con los demás.

La unidad no significa ser iguales, sino aprender a caminar juntos con un propósito común. No fuimos llamados a vivir la fe en aislamiento, sino a ser parte de una familia espiritual. ¡La unidad comienza contigo!

“Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, Y dio dones a los hombres.”
Efesios 4:7
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Aunque somos un solo cuerpo en Cristo, cada uno ha recibido dones espirituales con el propósito de edificar la Iglesia. La unidad no significa uniformidad; Dios nos ha hecho distintos para complementarnos, no para competir.

Si aún no usas tus dones para la obra de Dios, podrías estar aferrándote al aislamiento. La Iglesia no es solo un lugar para recibir, sino un espacio donde crecemos y nos fortalecemos en comunidad. A través de nuestras relaciones, Dios moldea nuestro carácter y nos enseña a madurar espiritualmente.

Aprendamos a deleitarnos en la manera en que Dios nos ha hecho diferentes, pero unidos en su propósito.

“para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.”
Efesios 4:14-16
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Pablo nos llama a crecer en madurez espiritual, dejando atrás la inestabilidad de la infancia en la fe. La verdadera madurez en la unidad de la Iglesia se refleja en nuestra capacidad de hablar la verdad con amor.

Muchos fallamos en este equilibrio: algunos son directos al decir la verdad, pero sin amor, mientras que otros muestran amor, pero evitan confrontar con la verdad por miedo a incomodar.

El crecimiento en Cristo implica aprender a equilibrar verdad y amor en nuestras relaciones

La vida cristiana no fue diseñada para vivirse en aislamiento. Jesús mismo eligió caminar en comunidad, enseñar en equipo y multiplicar su impacto a través de otros. Si Él, siendo el Hijo de Dios, decidió no hacerlo solo, ¿por qué nosotros insistimos en hacerlo?

Hoy tienes una decisión que hacer:

Seguir en aislamiento, limitando tu crecimiento y el impacto que Dios quiere tener a través de ti.

Ser parte activa de la Iglesia, permitiendo que Dios use tus dones y tu vida para edificar a otros.

¡La obra de Dios es más grande cuando trabajamos juntos!

Seamos Iglesia
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